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Resumen
réquiem

hace quince o dieciséis días robaron una bicicleta. no tenía ninguna particularidad, era vieja, era como cualquier otra que ves atada en una farola o una verja. simplemente alguien pasó, miró a un lado y a otro, la robó rápido, se fue, sin mirar atrás. era la mía. cuando la fui a coger de donde la había dejado, sólo encontré la cadena que la sujetaba, rota, tendida en el suelo. habían reventado el cerrojo. no me llevé la cadena a casa, me pareció que sería como reconocer más aún esa sensación, no de pérdida, sino de violación de mi derecho a la propiedad, esa agresión directa. quién la robaría. pudo ser cualquiera. además, lo que me duele es que, tras el robo, tras el momento inicial de victoria que sentiría el ladrón, comenzaría a ver los defectos de la bicicleta, la grieta en el sillín, el apaño del pedal con un alambre, la inutilidad de tantas marchas, si ya sólo funcionaban tres o cuatro. tras darse cuenta de todo esto, la bicicleta sería abandonada en alguna esquina, o golpeada, o desarmada para siempre. pero a mi me habría seguido haciendo papel, si no la hubieran robado. habría seguido yendo en ella, acariciando su sillín roto, pedaleando incansable, usando dos marchas. dolido primero, (es normal, según creo), pensé que ojalá el ladrón se hubiese pegado un buen golpe al intentar frenar por primera vez. hacía ya tiempo que yo sólo frenaba con la mano izquierda, la que rige la rueda delantera, porque, caso de tocar el freno derecho, el de la rueda de atrás, ésta quedaba aprisionada, inamovible, es decir, el freno hacía su labor, pero de forma excesiva. yo sabía que no debía frenar así, y si lo hacía, en situaciones extremas, luego debía liberar la rueda de las zapatas con las manos incluso. si quien la robó frenó con las dos manos a una cierta velocidad, casi seguro que cayó, como un castigo por su acción, y entonces si que maldeciría la imperfección de su trofeo, y lo abandonaría destrozado.
pero, por otra parte, me ha liberado. es cierto que me ha quitado mucho, me ha quitado estar pronto en los sitios y de manera cómoda y ágil. me ha quitado seguridad, pues me hizo sentir desprotegido, vulnerable a cualquier acción hiriente y fuera de la ley. pero me ha dado tranquilidad, porque me ha quitado el riesgo a morir bajo un coche, se ha llevado el miedo de los míos a creer que no llegaré a casa en un día de lluvia, el giro del autobús imprudente, el semáforo en rojo, el conductor que no sabe que las bicicletas también son un vehículo que tiene derecho a circular por la calzada. no lo sé. quizá estoy molesto por el robo y, como el tiempo no es proclive, quiero descansar de ese pedaleo. ¿volveré a él? no lo sé. de momento no, pero quizá me vaya tentando, tentando, y conforme el clima vaya mejorando, yo olvide esta lección de candados rotos y ruedas robadas a la fuga.
zazpi

desde una tierra extraña, o extranjera
incluso, desde esta orilla, tres dos seis hasta ti, la
espera nos atrapa. folios llenos de
caligrafías difíciles, ya sabes, fórmulas
imposibles, grupos, integrales, una
opción que elegí por placer, por
capricho, por vocación. ¿cómo
haces para quererme tanto? (no
olvides que yo también lo hago.)
dulce, tan dulce. de chocolate
eres palmera en tarde de merienda.
al abrir el paraguas, te siento de mi
brazo, como aquellos días en que éramos amigos,
recuerdas, cuando nos daba miedo tocarnos
imperceptiblemente. y gris día tras día una
lluvia que no cesa, que moja y desordena.
desordena el ánimo, no el recuerdo, de
ese mirar tuyo, tan amable, de esa
delicadeza tuya, tan bonita, todo mi
oniritzi. qué palabras usan por aquí,
sabes, una babel de grúas y chimeneas.
mira en mi bihotz y te verás a tí, tan
inmediata, tan irreemplazable,
libre de todo mal, te quiero, en
otro día que pasa perezoso,
contando una a una las
horas que faltan para verte, en
otro día en esta tierra extraña, extraña porque tú no estás en ella
.
