madrid, línea cuatro

uno. al girar un pasillo, un ángel de ébano susurraba antiguas súplicas al dios que le expulsó, y su guitarra eléctrica, suavemente pulsada, confesaba que ese hombre nunca podría mentir en su suave reggae, eterno.
dos. de pie, en un rincón, no le hicieron caso al pasar, aunque su canción era cálida, piel, aire respirado, materia viva que se confundía con la gente, una mano que acarició mi corazón mientras la música no sólo sonaba, sino que simplemente era.
tres. sólo usaba tres acordes, no sé cuáles, en menor el último, en una cadencia infinita, como su tristeza, pero esperanza al mismo latir, un musitar de palabras en una lengua extraña, una oración que no lo era, nunca le volví a encontrar, por más que le busqué.
cuatro. y la vida siguió discurriendo como hasta entonces, en un ciclo de fases sin final, como su melodía, a tres, como toda leyenda, quizá como una maldición, pero no tan terrible, inicio desarrollo transición, como el sol cada día, sale luce desaparece, como una vida, se crea se desarrolla muere, te diré algo que tal vez no te importe saber, estoy acabando una mala fase, pero sé que comenzará otra, si puedes, ayúdame como me ayudó el hombre que cantaba sólo para quien quisiera escucharle.
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Autor: Aqueloo
Fecha: 31/08/2006 04:43.
